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Caño Manamo: comunidades originarias en el abandono

Wakajara, Wakajarito, La Ensenada, Santo Domingo y San José Wakajarito I, son aldeas warao que se muestran marginadas y carentes de servicios. Las escuelas apenas funcionan en estos sectores y en los ambulatorios no hay insumos para enfermedades comunes como vómito y diarreas

Un imponente Orinoco reposa ante la mirada de quienes se paran en el paseo Malecón Manamo de Tucupita. A las 5:00 p.m. el ocaso se asoma y las tonalidades de colores amarillos, rojos y naranjas hacen contrastes con el marrón del afluente y el verdor de la densa vegetación que se despliega a lo ancho y largo del caño.

Curiaras van y vienen, en su mayoría cargadas de mujeres y niños que buscan sustento en Tucupita. También repletas de familias que aprovechan las pocas embarcaciones que salen para poder hacer trámites como sacar cédulas y partidas de nacimiento.

Todas esas personas que trae el río se asientan en la orilla con sus mantas y chinchorros, fogones para el arroz, las arepas y el ocumo; mientras los niños se dan chapuzones al compás del atardecer.

Aunque ese relato es parte de una estampa colorida y original, nos habla de una cultura que se niega a morir: son los warao del Delta del Orinoco que deambulan descalzos mostrando sus collares y pulseras, cargando niños desnutridos, llenos de piojos, con enfermedades en la piel, con hambre, curtidos por la tierra y el sol, balbuceando frases de sus lenguas, unos pidiendo, otros vendiendo, la mayoría abandonada y fuera de las políticas gubernamentales. 

Curiosamente, entre los macundales de los grupos que pernoctaban en el paseo sobresalía el metal de un panel solar que medía menos de 50 centímetros. 

Fue asombroso ver que entre las precariedades y el atraso tecnológico que se presume inunda esas zonas apartadas de Venezuela, los indígenas buscaron solución para mantener una conexión con la realidad; y más que para cargar los celulares, ese panel solar, que compraron por 20 dólares a los comerciantes chinos de Tucupita, les sirve principalmente para escuchar música (incluida el reguetón) y los programas radiales. 

Estos indígenas que llegan a Tucupita, capital de Delta Amacuro, provienen en un alto porcentaje de los poblados del caño Manamo, uno de los tres principales cauces de agua del río Orinoco.

Caño marginado 

El caño Manamo tiene una historia relacionada con la tragedia. En 1965 sobre su correntía se produjeron modificaciones ambientales que dejaron efectos a largo plazo sobre los warao. 

Para esa fecha, fue intervenido por la Corporación Venezolana de Guayana (CVG), órgano que cerró el curso natural con la construcción, durante el año 1966, de un sistema de dique-carretera de 500 metros de extensión.

Dice la ONG Wataniba en una publicación en su web de fecha julio 2023, que a menos de dos años después de ese cierre, “se inició una progresiva salinización de las tierras cercanas a los caños, por los cuales ya no circulaba suficiente agua dulce proveniente del Orinoco. Este proceso afectó, por un lado, a la vida animal y vegetal de los caños y sus orillas, y por otro, a las poblaciones indígenas, que perdieron su principal fuente de subsistencia: los productos vegetales habituales de consumo, como el ocumo chino, y la pesca que provenía de caños e islas asociados”.

Con los años, a ese impacto devastador se suman los generados por la intensificación de la actividad petrolera, el aumento de la minería en los estados Amazonas y Bolívar, las quemas y la caza indiscriminadas y otros problemas sociales-sanitarios que cortan la calidad de vida de los warao.

Entre el 19 y el 22 de febrero, parte del equipo de de Sinergia, Odevida y  Provea pudo visitar seis comunidades que hacen vida en los caños, una cuyo modo de vida se hace sobre los palafitos, y lo primero que salta a la vista es el nivel de marginación en el que se encuentran.

Quienes hablan por las comunidades, como es el caso de Cosmel Tovar, no manejan un censo con exactitud de las poblaciones adultas e infantiles que habitan en esa zona deltana. 

Conocen más de cerca su caserío, pero porque llevan una data de los niños, niñas y adolescentes (NNA) que van a las pocas escuelas existentes. Por ejemplo, en la comunidad de San José (de palafitos) hay cerca de 70 niños y en Wakajarita, de donde es Cosmel, 239 personas en edad escolar.

Santo Domingo, del lado de Monagas, es uno de los pocos asentamientos donde se hicieron casas de bloques: 37 en total donde viven 198 familias. En ese sector, dijo Ángela Rodríguez, docente a cargo de la escuela, se empezaron a transformar las viviendas artesanales a partir de 1968.  Ahí, la primera localidad en cercanía fluvial desde Tucupita, hay seis maestros hasta 6to. grado.

Pero a pesar del cierto orden que muestra el urbanismo, no hay pocetas ni pozos sépticos, no hay agua potable y el ambulatorio no tiene medicinas.

En la época de Chávez,  (Ángela no sabe la fecha precisa) el gobierno regional comenzó a perforar pozos subterráneos, instaló bombas que nunca pusieron en funcionamiento y hoy están azotadas por la corrosión ambiental. En consecuencia, esta comunidad se surte del río para saciar todas las necesidades: tomar agua, cocinar, bañarse. Situación que no varía en ninguno de los sectores visitados. 

 

Enfermedades por doquier 

En Wakajarita, donde nos recibió la gran familia de Morelia Valderrey, docenas de niños y niñas estaban recibiendo clases bajo una choza. Estaban sentados uno al lado del otro en un largo tronco, descalzos y atentos a lo que el maestro les decía en lengua nativa.

El curriculum es básico, aprender las vocales y consonantes y sobre la cultura originaria, como cantos, bailes y el arte de la cestería.  El vínculo cercano con el mundo occidental es la vestimenta, pero por lo general el hábitat es completamente rudimentario, viven como conuqueros, crían cochinos y los hombres se dedican a la pesca.

A pocos metros siguiendo el surco del río hacia su embocadura en el Golfo de Paria, se encuentra Wakajarita, también con casas de cemento, algunas sin puertas ni ventanas, llenas de chinchorros y una muchachada que corre de un lado a otro cuando ven llegar la lancha.

“Pensaban que venía un operativo con comida”, dice uno de los indígenas que se acerca al rebulicio que recién se formaba.

Con una población infantil mayoritaria, las enfermedades son una bomba de tiempo. Abundan la diarrea, la fiebre y los vómitos. Al mismo Cosmel Tovar se le han muerto tres hijos luego de padecer afecciones gastrointestinales. También los adultos sufren por la contaminación del agua, están mal nutridos y resistiendo el embate con el uso de medicinas ancestrales.

Hay personas con síntomas de hipertensión y diabetes, pero no lo saben porque tienen tiempo que no va una jornada de salud a este caño. Pero, si llegan a ir igual se quedan sin acceso a los tratamientos porque no tienen dinero para comprar los fármacos. En consecuencia, se automedican con plantas que tienen efectos inocuos.

Eso está pasando con las enfermedades respiratorias que se han convertido en un problema de salud en el área. Cuando llegan a los hospitales les diagnostican bronquitis o pulmonía y terminan falleciendo.

En las riberas de San José la realidad empeora. Los cuadros de malnutrición saltan a la vista. Niños de un año que aparentan tener seis meses.  Aquí el consumo de ocumo es vital, al igual que las curiaras, aunque el esfuerzo por navegar les tome tres días. Por eso, los niños mueren en brazos de sus madres.   

La subsistencia se la deben a la palma de Moriche. De hecho todas las mujeres y sus hijas más grandes se dedican a la elaboración de artesanía. Así pasan los días hasta que pueden ir a poner los productos en los comercios de Tucupita.

Una realidad generalizada en estas comunidades es que no tienen una relación precio-valor para las creaciones que hacen. No saben calcular los costos y siempre deben contar con el apoyo de los líderes que sí se mueven en los predios de la ciudad. Recién a esta comunidad llegaron unos maestros nativos y están empezando con la alfabetización.

Luego de recorrer estos poblados, llegamos a La Ensenada, una comunidad pequeña que funciona como campamento para quienes seguía las ruta hacia el golfo. Ahí hay una poceta y también una planta solar grande.    

En los warao se nota el abandono de sus medios tradicionales de subsistencia. Se les observa marginados, enfermos (se dice sin precisión que hay tuberculosis, aunque no saben como se progama esta enfermedad). No pueden movilizarse como quieren y cuando desean, porque no hay transporte fluvial ni efectivo en dólares para pagar los altos costos de las lanchas comerciales. El valor del gasoil y de los motores fuera de borda tambié merman la actividad, además de la inseguridad provocada por bandas que trafican hacia Trinidad y Tobago.

Lo que es un agregado común en ellos es la necesidad de preservar la cosmovisión a través de la artesanía. Afortunadamente su ecosistema que ha sido benévolo con la Palma de Moriche permite su subsistencia.

Este material forma parte de los contenidos generados por el proyecto Rostros y luchas de la Venezuela profunda, que elabora Sinergia en alianza con Odevida y el portal La Vida de Nos, en el que cuentan historias de resiliencia de las comunidades nativas de Zulia, Amazonas, Bolívar y Delta Amacuro.

Por Mabel Sarmiento

Fotos Mabel Sarmiento