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Maribel Vásquez: la mestiza que lucha por el territorio pemón

De padre español y madre pemón, siente orgullo por la tierra que la vio nacer y ahora en cada paso que da, en cada comunidad que recorre, busca un propósito: el bienestar colectivo 

Es una mujer con determinación, capaz de hacer varias tareas, al tiempo que tiene el oído presto al taller sobre Derechos Humanos en el que participa.

Maribel Vásquez (41) es blanca, ojos verdes, cabello claro. Su andar es rápido, es conversadora. Siempre sonríe y tiene disposición para ayudar.

Madre de un bachiller, hija de un español y de una mujer pemón. Aunque nació en Ciudad Bolívar, por sus venas corre la sangre de un minero y las tradiciones ancestrales de la Gran Sabana.

Su interés era estudiar cine, pero la vida la puso en el camino social. Durante un tiempo estuvo haciendo terapias a niños con necesidades especiales. 

Maribel llegó a presidir la Asociación de Estudiantes de Bolívar, entre el año 1999 y el año 2000, en representación del pueblo Pemón. En tan solo un año logró que les otorgaran 20 cupos universitarios. Los entregó todos, y apoyó a los jóvenes para que ingresaran en la Universidad de Oriente (UDO) y en la Universidad Experimental de Guayana (UNEG).

Luego, estudió Gestión Ambiental en la Universidad Bolivariana de Venezuela (UBV). Se graduó en 2013 y eso la llevó a incursionar en la lucha indígena. Pasó por la Asociación Indígena de Guayana y por el Fondo de Desarrollo Indígena de Bolívar.

A raíz de eso comencé a entender que significaba ser líder indígena”, cuenta.

En la asociación estuvo tres años. En total, con las organizaciones del Ministerio de Pueblos Indígenas estuvo cinco años. 

En ese tiempo se casó y se fue a vivir a Puerto Ordaz. “Mi paso por esas organizaciones me ayudó a comprender y a conocer mucho más a los pueblos indígenas. No solo me involucré en la parte educativa, sino que participé en el campo, en el propio terreno de los pueblos, para conocer sus necesidades y fortalezas. Eso me hizo crecer mucho”.

Pero como no todo lo que brilla es oro, a Maribel no siempre le sonrió la suerte y tuvo que armarse de valor para cubrir sus necesidades y las de su hijo: se fue a las minas.

La primera vez que entró a una fue en Musukpa en 2011, en el sector 1 en La Paragua. Llegó hasta allá con el permiso del Consejo de Ancianos. “Tenía que mantener a mi hijo, pero es un ambiente muy duro. Yo estaba en el área de la cocina. Mis primos me decían que no fuera. Algunas conocidas y familiares terminaron prostituyéndose, precisamente por la fuerte situación económica que atravesaban. Conocí el ambiente del 88 (municipio Sifontes). Ahora cuando mi hijo me dice que quiere ir a las minas le digo que no”. 

En Musukpa, de acuerdo a un diagnóstico realizado en diciembre del 2013, como parte de un proyecto para la construcción de un complejo deportivo comunitario, se encontró que uno de cada dos habitantes de Musukpa es dueño de máquinas mineras pequeñas. Dos de cada diez trabajan la madera. Uno de cada diez dice que se dedica al comercio o al transporte fluvial. Solo el 5 % se vincula a la agricultura. En Musukpa no hay conuco para sembrar. La demanda de casabe –tortilla de harina de yuca, esencial en la dieta indígena– se satisface con compras a comunidades vecinas. Musukpa es independiente pero no autárquica.

En 2019 se fue a las minas en Apoipo, sector 6. “En ese tiempo mis padres estaban muy mal de salud y necesitábamos costear las medicinas”. En esa oportunidad no fue larga la estadía.

Ya por ese tiempo había ocurrido la matanza de Icabarú, en la comunidad de Kumarakapai, un pueblo mixto en el sector pemón 7, del municipio Gran Sabana.

Ese día un grupo armado llegó disparando al frente de un negocio. Los mineros estaban en sus faenas. Algunos pudieron escapar heridos. Ocho personas murieron a balazos, una de ellas un efectivo militar.

Gracias a Dios, siempre tengo un proyecto por delante y salí a seguir el rumbo que me ha ocupado, el trabajo social. Ahora estoy en la Capitanía General, que comprende el sector 6 de la Gran Sabana”.

Así, cuando no está en algún taller, anda metida en Maurak (una comunidad indígena autosustentable), o en cualquiera de los otros 27 pueblos que conforman el sector 6, como San José de Wara, Waramasen, Campo Grande, Pei Merü, San Antonio del Morichal.

Su naturaleza y ganas de aprender pasan por encima de las barreras. “Sé quién es quién, cómo es la política, lo que trato es de ayudar a otros”, expresa.

En esa búsqueda del bienestar común Maribel trata de acomodar su vida y la de su hijo. Vive en una cabaña que le asignaron, cerca del pueblo de Maurak. Pero aún no tiene cocina ni nevera. Pudiera estar mejor, pues su papá tenía la concepción minera “La Lira”, en el kilómetro 27 que fue tomado por el “sindicato”. Pudiera tener oro, pero no. Toda la “riqueza” que pudo haber tenido sus cuatro hermanos y ella invirtieron todo en los tratamientos médicos de sus papás.

“Por ahora quiero enfocarme en aprender más sobre el liderazgo, sobre los DDHH y ayudar a las comunidades”, dice con certera mientras apunta en un cuaderno lo que escucha en el taller sobre derechos humanos del que fue beneficiara a mediados de octubre de este año.

Texto y fotos: Mabel Sarmiento Garmendia

Este texto es parte de la implementación del proyecto Rostros y luchas de la Venezuela profunda que lidera Sinergia en aliazan con Odevida y La Vida de Nos, que busca fortalecer el liderazgo indígena y promover la defensa del ambiente. Se publicará en la edición Nº 4 del boletín que resume el impacto del proyecto en las regiones objetivo: Zulia, Amazonas, Bolívar y Delta Amacuro.