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Día Internacional contra la Esclavitud Infantil: el trabajo no puede estar por encima de la educación

La explotación infantil es un término que incluye tanto el trabajo forzoso hasta la explotación sexual, el reclutamiento de niños soldado o la esclavitud doméstica

En todo el mundo, 85 millones de niños y niñas son víctimas de alguna forma de explotación infantil. Se trata de una de las violaciones de derechos humanos más graves que los adultos pueden ocasionar a las niñas y niños al día de hoy, señala la organización Save The Children.

En Venezuela, no hay cifras oficiales para soportar e ilustrar esta problemática. El informe de la ONG internacional World Vision, publicado en agosto de 2020, reseñaba que el trabajo infantil había incrementado 20 % en el país durante la pandemia por Covid-19, la cual reforzó la emergencia humanitaria compleja (EMH) que atraviesan los venezolanos desde 2015.

La Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi), presentada en noviembre pasado, destacó que el año escolar 2021-2022 se retomó con menos estudiantes: 1,5 millones de niños, niñas y adolescentes están desescolarizados.

Durante la presentación de los resultados de la encuesta, Anitza Freitez, directora del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), mencionó que las oportunidades de estudios son cada vez más bajas, por ello los hogares venezolanos “buscan maximizar el aprovechamiento de su fuerza de trabajo para compensar la merma de los ingresos familiares”.

Más niños trabajadores

Una muestra de esa realidad, es Agustín (se usa seudónimo) quien todas las semanas pasa por las veredas de la parroquia Coche, en Caracas, arrastrando una cesta de plástico llena de plátanos y los cambia por los productos de la bolsa del Clap.

“Somos de Cumaná, vengo a trabajar a Caracas con mi papá. Voy a reunir para comprarme unos zapatos y unos cuadernos”, contó con inocencia.

Agustín, mientras contaba los plátanos, decía que no podía recibir los granos que llegan con la bolsa, “porque el dueño de la mercancía se molesta. Solo acepto, harina, arroz, pasta y las latas de sardina”.

Él (12 años) no anda solo. Su hermano de seis años lo acompaña y entre los dos van empujando la cesta, bajo un sol inclemente.

También Gregorio (igual se protege la verdadera identidad) comenta que no está yendo a la escuela porque tiene que trabajar. A sus siete años de edad es ágil con los billetes. Vende caramelos de menta en las camionetas de la ruta del transporte púbolico en la intercomunal Valle-Coche.

Se muestra serio y no titubea cuando dice: Dos por un bolívar.

Gregorio responde las preguntas que le hago sin detenerse. Pasa por el pasillo con su diminuta figura y con una caja de zapatos donde guarda los caramelos.

Va entregando dos a cada pasajero, los recoge, cobra y se baja a toda velocidad para subirse a la otra; mientras algunos con asombro lo siguen con la mirada y hacen un movimiento de no aceptación con la cabeza.

Ya en la acera, Gregorio se reúne con un joven a quien le entrega parte del dinero.

La cantidad de niños que trabajan se eleva actualmente a 160 millones en todo el mundo, tras un aumento de 8,4 millones en los últimos cuatro años, y varios millones de niños más se encuentran en situación de riesgo debido a los efectos de la COVID-19″, según se desprende de los resultados de un informe conjunto de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y UNICEF.

Estos casos no son una historia nueva. Solo que se ha incrementado y las causas son varias.

Lorena Liendo, secretaria general adjunta de la Red por los Derechos Humanos de Niños, Niñas y Adolescentes (Redhnna) señala varias:  violencia en el hogar (trato cruel, abuso, negligencia), desescolarización, pérdida del poder adquisitivo de sus hogares lo que los hace formar parte de las estrategias de supervivencia, pérdida de cuidado parental (la migración juega un papel importante), pues son niñas y niños dejados atrás.

Es una vulneración a sus derechos porque contravienen los postulados de la Doctrina de Protección Integral, que plantea que niñas y niños son sujetos de derechos y, por tanto, cualquier afectación a su libertad, autonomía y bienestar está en clara contraposición con esa afirmación. El trabajo infantil es una forma de esclavitud moderna, prohibida por todos los instrumentos y tratados de derechos humanos en el Sistema Interamericano y Universal.

—¿Qué pasa con los Consejos de Protección?

— Lo que sucede con el resto de las instituciones. El Sistema de Protección está muy debilitado, sin recursos, personal capacitado ni programas que atiendan esta y otras problemáticas con enfoque de largo plazo.

Las pocas respuestas actuales tienen un enfoque punitivo y muy puntual. No hay procesamiento de datos ni sistematización de situaciones que favorezca el diseño de acciones y medidas con mayor alcance.

Save Tre Children identifica siete formas de explotación infantil:

  1. La trata infantil: Este negocio mueve 23 millones y medio de euros al año. La pobreza, la globalización y la consiguiente demanda de mercancías y mano de obra baratas han provocado una demanda sin precedentes de menores trabajadores.
  2. La explotación sexual: Cerca de 1,8 millones de niños en todo el mundo son explotados sexualmente con fines comerciales. La mayoría de ellas, son niñas, obligadas por adultos a ejercer la prostitución o utilizadas en la industria pornográfica y en el turismo sexual.
  3. Niños soldados: Desde guerras como Angola, Afganistán, Sierra Leona o Sudán del Sur han utilizado a los más pequeños para la primera línea de batalla. Hoy día, 300.000 niños y niñas menores de 15 años están relacionados de algún modo con las fuerzas armadas. Algunos tienen solo 7 años.
  4. Matrimonio infantil: Se prevé que durante la próxima década 100 millones de niñas serán forzadas a casarse antes de cumplir los 18 años.
  5. Trabajo infantil forzoso por endeudamiento: Es un tipo de explotación en la que el menor contrae una deuda con su patrón y es obligado a trabajar hasta que pague lo que debe. Se da a menudo en países como India, Nepal, Pakistán y Bangladesh.
  6. Trabajo forzoso en la mina y en la agricultura: A pesar de que la mina es uno de los trabajos más peligrosos del mundo, 200.000 niños y niñas trabajan en la mina en África occidental y un millón de menores están en minas y canteras de Asia y Sudamérica. Además, el trabajo agrícola es una realidad para 132 millones de niños y niñas menores de 15 años en todo el mundo. Algunos en condiciones de esclavitud inexorablemente peligrosas.
  7. Esclavitud doméstica: Esta es la realidad de más de 40 millones de niños y niñas: trabajan como empleados domésticos y 10 millones permanecen ocultos tras las puertas. Este tipo de explotación infantil sucede en su mayoría a niñas que sufren castigos extremos como golpes con planchas ardiendo, flagelaciones y quemaduras con agua hirviendo.

En la mira de la megabandas

En el reportaje multimedia “Esclavizar para delinquir”, Cecodap y la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez (Agencia PANA) muestran los resultados de la investigación sobre el reclutamiento de niños, niñas y adolescentes por el crimen organizado en Venezuela y, más específicamente, por la megabanda que lideraba Carlos Luis Revette, alias Koki.

Entre octubre y diciembre de 2021, los investigadores recabaron las historias de los menores de edad involucrados con la megabanda, y determinaron que las principales causas del reclutamiento de niños, niñas y adolescentes están relacionadas con la situación de precariedad socioeconómica en la que viven.

La inseguridad alimentaria, la deserción escolar y la violencia intrafamiliar son motivaciones recurrentes de la vinculación de niños, niñas y adolescentes con esta organización delictiva. En ese orden de ideas, el reclutamiento de menores de edad es principalmente forzado por las circunstancias y la violación de sus derechos humanos”, argumentaron los investigadores.

En ese informe de 160 páginas, Cecodap y la Agencia PANA, detallaron que el principal anzuelo es la oferta de ingresos semanales en dólares, con los cuales los niños, niñas y adolescentes podrían cubrir necesidades reales o percibidas: alimentación, ropa y calzado (como símbolos de estatus social) y protección en una lógica de la ley del más fuerte.

En la mayoría de los casos el reclutamiento está determinado por relaciones de vecindad e, incluso, familiaridad entre delincuentes reclutadores y niños, niñas y adolescentes captados, pues unos y otras forman parte de una misma comunidad.

Sin embargo, cuando la megabanda emprendió “la conquista” de La Vega o cuando requirió engrosar sus filas para combatir a los cuerpos de seguridad del Estado, el reclutamiento se tornó más coercitivo y masivo. En La Vega, por ejemplo, operaron reclutadores profesionales y mediaron labores de “inteligencia” para afinar la selección de menores de edad con el perfil requerido para involucrarlos en el delito.

La incorporación de niños, niñas y adolescentes a la megabanda tiene distintos grados de vinculación, asociados a cargos y funciones que conforman un verdadero escalafón. Mientras más avanzan en la carrera más riesgo de muerte corren los menores de edad.

Situación similar se ha denunciado en Petare, municipio Sucre, tras la reorganización del grupo delictivo que opera en la zona.

El fin último del reclutamiento de niños, niñas y adolescentes es la explotación, sobre la base del abuso de poder y la violencia y, en ese sentido, constituye una violación continua y concurrente de casi todos sus derechos: vida, integridad personal, libertad, educación, salud física y mental, a tener una familia y a no ser separado de ella, se lee en el informe.

De acuerdo a los investigadores, el Estado venezolano ha calificado la vinculación de menores de edad con la megabanda como uso de niños, niñas y adolescentes para delinquir, de acuerdo con el artículo 265 de la Ley Orgánica de Protección de Niños, Niñas y Adolescentes.

Sin embargo, desde Cecodap consideraron que este tipo de hechos deben ser reconocidos, investigados y sancionados como trata de personas, en los términos establecidos en el artículo 41 de la Ley Orgánica contra la Delincuencia Organizada y Financiamiento del Terrorismo.

En peligro la sostenibilidad

Explotación y esclavitud laboral y reclutamiento forzoso, son flagelos que ponen en peligro el futuro de millones de niños, niñas y adolescentes; pero también el bienestar de las próximas generaciones.

Esta población, al estar sometida de esta forma, se ve privada de ir colegio, jugar y de tener un desarrollo pleno como ciudadano.

Este 16 de abril, fecha cuando se conmemora Día Internacional contra la Esclavitud Infantil, para honrar la memoria de Iqbal Masih, se ve aun con asombro que en Venezuela una madre indígena venda a su hija por comida, y se normaliza que los niños, niñas y adolescentes trabajen hasta 12 horas en una jornada.

La Ley Orgánica de Protección al Niño, Niña y Adolescente (Lopnna) reconoce el trabajo como una garantía específica, es decir, hay un conjunto de derechos y garantías para adolescentes trabajadores a partir de los 14 años.

Sin embargo, muchos no tienen un contrato de trabajo, seguridad social, el derecho a afiliarse a un sindicato y ante eso hay opacidad gubernamental.

Todo lo anterior contraviene la Agenda 2030 y los objetivos del milenio, entre ellos el 8.7: Adoptar medidas inmediatas y eficaces para erradicar el trabajo forzoso, poner fin a las formas contemporáneas de esclavitud y la trata de personas y asegurar la prohibición y eliminación de las peores formas de trabajo infantil, incluidos el reclutamiento y la utilización de niños soldados: y, de aquí a 2025, poner fin al trabajo infantil en todas sus formas.

Y el 16.2: Poner fin al maltrato, la explotación, la trata y todas las formas de violencia y tortura contra los niños.

En 1987, cuando Iqbal contaba con 4 años de edad, fue cedido por su padre a una fábrica de alfombras a cambio de un préstamo que necesitaba para pagar la boda de su hijo mayor. El dueño de la fábrica recuperaría su dinero descontando mensualmente una parte del salario, por lo que el niño debía permanecer allí hasta el pago total de la deuda. Trabajaba más de 12 horas diarias haciendo alfombras, pero entre los intereses y los nuevos préstamos que pediría el padre, la deuda comenzó a crecer, por lo que el niño no tenía una salida posible.

Texto: Mabel Sarmiento Garmendia