Opinión

La próxima Conferencia de las partes. Alejandro Luy

No importa de cuál de las decenas de convenciones a las que se han adherido los países miembros de la Organización de Naciones Unidas se trate.  No importa la fecha que se celebre una vez controlada la pandemia. Mucho menos el lugar donde se realice.  La próxima Conferencia de las Partes tendrá que hablar de la pandemia del COVID-19.

Lo anterior parece obvio, pero no tanto el papel que han de asumir las naciones, manifiesta en su discurso y sus acciones.  Quizás no vayan más allá de lamentarse por el impacto económico y social de la enfermedad, aprovechando para solicitar ayudas o beneficios a cualquier costo. Probablemente se escudarán en la pandemia para postergar las tareas importantes.

Es bien conocido que los acuerdos entre naciones en torno a los documentos que se presentan en las reuniones regulares de las convenciones responden a una serie de compromisos principalmente económicos e ideológicos, pero también culturales y hasta históricos.  Asimismo, quizás excepcionalmente, los pactos responden al cumplimiento de los objetivos de la convención.

Así, muchas decisiones vitales, necesarias para mejorar a la sociedad del planeta, son imposible de alcanzar y a lo sumo se reducen a acuerdos insuficientes para cambiar el modelo de desarrollo actual.  Marchan a un ritmo que en esencia dejará todo igual. Imaginemos lo que podría ocurrir en las próximas reuniones de las partes de tres convenciones emblemáticas en materia ambiental.

Con la pandemia fresca en la memoria, en la próxima reunión de la CITES (Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres), “un acuerdo internacional concertado entre los gobiernos” que “tiene por finalidad velar por que el comercio internacional de especímenes de animales y plantas silvestres no constituye una amenaza para su supervivencia”, evadirán los países los graves problemas surgidos a partir de la venta legal e ilegal de animales silvestres en todo el planeta.  Acaso después de la demostrada transmisión de animales al hombre de la enfermedad del COVID-19, se mantendrá la estructura de los Apéndice I, II y III de CITES, para permitir que, por ejemplo, las cinco especies de pangolín (el puente que cruzó el virus entre el murciélago y el hombre) a pesar de estar amenazadas de extinción, puedan ser comercializada “solamente bajo circunstancias excepcionales”.

Escucharán los representantes de la naciones a Elizabeth Maruma Mrema, secretaria ejecutiva de la Convención de Diversidad Biológica, quien sostiene que “los países deben avanzar en la prevención de futuras pandemias a través de la prohibición de los llamados “mercados húmedos” donde se venden animales silvestres vivos o muertos para el consumo humano”, para diseñar las guías futuras para la conservación de la diversidad biológica..

Y cuando se celebre la COP26 de la Convención sobre Cambio Climático, ya pospuesta para 2021,  esta vez los gobiernos si pondrán en la agenda tomar para sí las recomendaciones que los científicos del Panel Intergubernamental de Cambio Climático han venido aportando desde hace muchos años y que no han sido de interés para las decisiones en las conferencias anteriores; presentarán mayores compromisos para la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, o por el contrario centrarán sus esfuerzos en menospreciar a la ciencia, repetir que es mentira el efecto del hombre en el aumento del CO2 y atacar a Greta Thunberg.

Seguirán defendiendo la economía predominante, los patrones de producción y consumo, fomentando la deforestación para promover la explotación minera o la expansión agrícola y pecuaria, aun teniendo la información que indica que por el bien de todo el planeta se deben hacer cambios profundos de manera inmediata.  Aceptarán que incluso las reducciones que están ofreciendo muchos países en el marco del Acuerdo de París, no son  suficientes para alcanzar las metas propuestas.

Cuando ocurre un accidente aéreo, un equipo de peritos se esfuerza por determinar las causas y en su informe produce los ajustes necesarios para evitar que se repita el mismo error.  Invariablemente la industria aeronáutica produce los cambios: se modifica una pieza, un protocolo o se capacita a los pilotos; no lo echan a un lado.

Los resultados en términos ambientales, sociales y económicos del COVID-19 son el avión siniestrado.  Queda de parte de las naciones ver las fallas para luego corregir los errores, y no hay que inventar nuevos mecanismos porque las Convenciones están allí y son un buen elemento para cambiar el rumbo del planeta.

Alejandro Luy

11 de abril de 2020

Imagen: José Ochoa