La Mitología de la Libertad y la Democracia

Por  Dhananjayan Sriskandarajah

 

Dr Dhananjayan Sriskandarajah es Secretario-General de CIVICUS, la alianza global de la sociedad civil
Dr Dhananjayan Sriskandarajah Secretario-General de CIVICUS, la alianza global de la sociedad civil

 

LONDRES, Nov 7 2016 (IPS) – Muchos ciudadanos estadounidenses creen instintivamente que aún viven en la tierra de la libertad, pero un nuevo sistema de calificación de derechos globales muestra que el país es mucho menos tolerante de lo que piensan.

El primer examen sistemático a nivel mundial que evalúa cuán bien los países defienden las libertades cívicas fundamentales -para protestar, organizar y reclamar-, revela un significativo deterioro en la protección de estos derechos constitucionales en Estados Unidos.

Desde las calles hasta el internet, el espacio cívico está siendo disputado y restringido, amenazado por una nueva era de autoritarismo de Estado. Personas de color y movimientos sociales como Black Lives Matter experimentan rutinariamente y de primera mano, acoso y violencia policial. Arrestos masivos, el uso de fuerza excesiva, leyes que exigen la obtención de autorización previa para reuniones pacíficas e infiltración encubierta de policías en protestas pacíficas eran antes el territorio de regímenes autoritarios, pero estas tácticas conflictivas y barbáricas están siendo usadas con cada vez más frecuencia por el Estado para suprimir a sus propios ciudadanos.

La batalla por la libertad en internet es furiosa, impulsada por la Agencia Nacional de Seguridad, posiblemente los líderes mundiales en recolectar información de las comunicaciones electrónicas privadas de la gente. ¿Qué tanta libertad de expresión puede haber cuando estamos conectados a un sistema de vigilancia de tan terrorífico potencial opresivo?

Los Estados Unidos, por supuesto, no es el único y hay decenas de países en el mundo en los cuales los gobiernos están reprimiendo protestas con incluso más fuerza, cerrando organizaciones con débiles pretextos y silenciando brutalmente la disidencia al intimidar y asesinar defensores de Derechos Humanos, abogados y periodistas investigativos.

Desde las calles hasta el internet, el espacio cívico está siendo disputado y restringido, amenazado por una nueva era de autoritarismo de Estado.

Puede que las violaciones de derechos en países como Bahrein, China, Cuba, Etiopía, Irán, Corea del Norte y Arabia Saudita sean bien conocidas, pero la escala de la actual crisis global de derechos es impactante.

Los resultados del último Monitor CIVICUS concluyen que más de 3,2 billones de personas viven actualmente en países donde el espacio cívico está siendo reprimido o cerrado. Lo más alarmante es ver cuán pocos países tienen espacio abierto según esta clasificación – tan solo 9 de los 104 de los que se posee información verificada.

En muchas democracias maduras y respetables como los Estados Unidos, Australia y Hungría, el espacio cívico se enfrenta a una nueva ola de amenazas. Justo hace una semana, una autoridad de las Naciones Unidas expresó sus preocupaciones sobre Australia, donde un paquete de nuevas leyes, así como el vilipendio público de defensores de Derechos Humanos por parte de altos dirigentes gubernamentales, está teniendo un “efecto escalofriante” en la sociedad civil. Citó una variedad de medidas que ahora se combinan para generar “una enorme presión” sobre la sociedad civil, desde la intensificación de leyes de opacidad informativa, hasta la proliferación de legislación en contra de las protestas.

Europa podría ser considerada el hogar de todos los nueve países clasificados como “abiertos”, pero no todo marcha bien allá tampoco. Hungría, que en algún momento fuese un ejemplo de esperanza democrática luego de la Guerra Fría, ahora clasifica como un país que posee espacio cívico “obstruido”. En el último año, al encontrarse en el centro de los flujos de refugiados hacia Europa desde Siria y el norte de África, el gobierno húngaro ha instalado una cerca en torno a la frontera en el sur de Hungría, y presentado un paquete de políticas que restringen la inmigración y aumentan los controles en la frontera. Las ONGs que han criticado la respuesta gubernamental han sido amenazadas con ser ilegalizadas y sometidas a investigaciones judiciales y administrativas sin fundamentos, mientras que periodistas francos han enfrentado rutinariamente cargos criminales por difamación presentados por políticos.

Si bien la élite está permitiendo estos abusos, es la combinación de estos con la desigualdad económica que ha impulsado resistencia civil en todo el espectro político. Por un lado, los movimientos radicales masivos de Occupy y los revolucionarios de la Primavera Árabe buscaron un cambio de sistema. Por el otro, el populismo Anti-Sistema alimentado de diferentes formas por la insurgencia de militantes de Trump y algunos separatistas del Brexit, sigue de cerca una revuelta alianza de nacionalistas de derecha que manejan narrativas tóxicas y divisivas que buscan culpar a la llegada masiva de desplazados a Europa, de todos los problemas de la sociedad.

La tecnología es un catalizador para estos cambios y está moldeando nuestros hábitos electorales. La ventaja de movilización que la Campaña Presidencial de Obama en 2008 creó al construir nuevas herramientas para aprovechar grandes flujos de información, es accesible para todos ahora, y hace de la organización colectiva una tarea más fácil que nunca. Sin embargo, a pesar de toda esta información, las encuestadoras están teniendo cada vez más problemas para predecir ganadores. En los referendos recientes en Reino Unido y Colombia, las encuestas se equivocaron. ¿Podría alguien declarar el resultado de la carrera presidencial en América con alguna certeza, incluso un día antes de las elecciones?

Para algunos gobiernos, esta democracia desastrosa e impredecible ha generado un reflejo autoritario aparentemente irresistible. Temerosos de su propia gente, muchos Estados están tomando medidas para evitar que sus ciudadanos critiquen la autoridad o exijan que sus necesidades sociales y económicas básicas sean satisfechas. Desde los activistas locales hasta las grandes ONGs internacionales, los actores de la sociedad civil están siendo vilipendiados por gobiernos que los acusan de ser agentes de poderes extranjeros, dedicados a desestabilizar las mismas comunidades a las que pertenecen y cuyos derechos buscan proteger.

Quizás podamos mitologizar la libertad, pero solo una sociedad civil libre y vibrante mantiene a raya el extremismo, la intolerancia y la exclusión. Las restricciones estimulan las condiciones febriles en las que prospera el populismo de derecha y es hacia este terreno que muchas democracias maduras en el mundo se dirigen.

Quien sea que se convierta en el próximo Presidente de los Estados Unidos, enfrenta una decisión crucial entre restaurar por completo las libertades cívicas de los ciudadanos o seguir la tendencia global que está socavando la legitimidad de nuestros gobiernos y dañando nuestras democracias.

Una democracia saludable no solo se sustenta en la ausencia de violaciones; necesita que aquellos que detentan el poder, tomen medidas proactivas para garantizar la acción ciudadana, para tolerar la oposición y proveer plataformas para el diálogo significativo. Los gobiernos de Estados Unidos y el resto del mundo deben dejar de temer el poder de su gente, y en su lugar incentivar la ciudadanía activa.

Lea el texto original en inglés: Aquí

Traducción al español: Javier Liendo para Sinergia

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