Autonomía Económica y Protección contra la Violencia de Género

logo-accion-campesina3Soc. Nhelsyr González

 1.- UNA MIRADA NECESARIA PARA PREVENIR LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES

Los hombres y las mujeres somos diferentes. Esta es una afirmación obvia que parte de la condición biológica, anatómica y fisiológica de pertenecer a sexos distintos. Una diferencia que podemos definir como natural ya que nacemos con ella y –de antemano- nos ubica como individuos con necesidades y comportamientos diferentes.

Los hombres y mujeres se comportan de acuerdo a lo que la sociedad espera de ellos. Una afirmación ya no tan obvia pero que se expresa en el trato desigual con el que se da la relación entre hombres y mujeres y que atraviesa la totalidad de la vida social, económica y política.

La mirada de género está dirigida a comprender esta relación como el producto de una construcción socio-cultural e histórica. Lo que esto quiere decir es que los comportamientos, las tareas que realizan y los atributos de cada sexo se desarrollan de acuerdo a la expectativa social –es decir lo que se espera que ellos hagan- y al momento y lugar en el que les toca vivir. Actuamos de acuerdo a lo que nos han enseñado que es típicamente propio de los hombres o típicamente propio de las mujeres. Al hablar de género no estamos haciendo referencia a “mujer” sino a la relación entre hombres y mujeres como una construcción social.

Eso que denominamos la construcción social del ser hombre o mujer ha otorgado contenido a lo “masculino” y “femenino”. Y aunque esa construcción ha tenido cambios a lo largo de la historia, su esencia se ha mantenido. ¿Ahora bien, cuál es esa esencia?

La trasmisión -de generación en generación- de una idea que concibe a un sexo como fuerte y al otro como débil. El hombre es fuerza, la mujer es suave, emoción, ternura. A partir de esta afirmación se ha construido la relación hombre – mujer “como una dicotomía sexual que es impuesta socialmente a través de roles y estereotipos, que hacen aparecer a los sexos como diametralmente opuestos” (Facio, Alda. p. 58, 1995).

Unos opuestos desiguales que desde el binomio fuerza – suavidad ha convertido en “natural” que las mujeres estén ligadas –indisolublemente- a su rol materno. Las madres son de sus hijos, de sus casas. A este rol se le denomina “reproductivo” en tanto son las encargadas de reproducir la especie humana por la dotación biológica con la que ha venido al mundo para dar vida a otro ser humano. Este don natural ha sido el argumento socio-cultural para ubicar a las mujeres en el mundo “privado”, el mundo de las emociones, de la ternura, del cuidado, de las labores del hogar para garantizar la vida, la crianza de los hijos/as. Sobre esta consideración se ha legitimado una profunda desigualdad y “condena” de la mujer al ámbito doméstico y al trabajo no remunerado de la casa.

Por el contrario a los hombres –el sexo fuerte- se le ha otorgado el rol de “proveedor”, él debe garantizar los recursos que hagan posible la manutención de la casa y de la familia y, con ello, se le ha ubicado “naturalmente” en el ámbito público porque esos recursos hay que buscarlos en la calle. De ahí la necesidad de ser fuertes para enfrentar ese mundo “público” al que tienen acceso de antemano; el camino lógico al trabajo remunerado. Y con ello también se ha desdibujado el aporte de los hombres a la reproducción, al goce de la emoción y la ternura.

Estas posiciones diferenciadas en las cuales se ha entendido que deben estar hombres y mujeres han dado en resultado una particular división sexual del trabajo. Unas tareas la hacen los hombres, otras las mujeres. Hay oficios de hombres y oficios de mujeres y cuando estos ámbitos o roles se intercambian o se comparten se comienza a sospechar socialmente de esos hombres y mujeres. Un hombre en su casa es “raro”; una mujer en la calle no es confiable.

El género es una mirada para comprender la construcción simbólica de lo femenino y lo masculino en un momento histórico particular articulados con la edad, la etnia, la clase social. Ello quiere decir que nuestras abuelas o nuestras madres vivieron de manera diferente el ser mujer seguramente con mayores restricciones que la que tenemos en la actualidad; no obstante los roles siguen siendo los mismos dado que las mujeres tienen una mayor jornada  de trabajo para poder asumir el rol más público al que hoy tiene acceso. (estudiar, ser profesional, exitosa en su trabajo remunerado, generar ingresos por cuenta propia e.o.).

Todos estos son condicionantes articulados que marcan la intensidad de la discriminación;  generando cadenas discriminatorias. Ser mujer, de origen africano y pobre es una espiral discriminatoria. Ser mujer, rica y blanca otorga ventajas. No obstante, la discriminación se da en cualquier época o cualquiera sea la posición social o cultura a la que se pertenezca.

Esta mirada –la del género- “nos permite entender que la condición de seres sexuados se simboliza como una construcción cultural, social y política, lo cual significa que ´naturaleza no es destino´, sino que, por el contrario la calidad de vida, la participación en el poder, en todas las esferas de la vida social y en la toma de decisiones, el acceso a recursos y la viabilidad política de los derechos humanos para mujeres y hombres en cada período histórico está definido culturalmente y, por lo tanto, a través de las luchas sociales y/o la negociación política, la mujeres y los hombres, tanto individual como colectivamente, tienen la posibilidad de plantearse retos para cambiar la concepción de género dominante” (Huggins, 2005)

Existen opciones probadas para trabajar la mirada de género y aunque hay avances y en el presente existe mayor presencia de mujeres en el ámbito público aún existen brechas sustanciales donde se debe insistir como es la grave situación de mujeres violentadas en su derecho a ser libres y autónomas. Impulsar un proceso de cambio tiene –igualmente- dimensiones culturales e históricas y tanto personas como instituciones debemos asumir el compromiso de apoyar la construcción de otras narraciones, de otros contenidos simbólicos para que hombres y mujeres podamos encontrarnos en el respeto y la solidaridad.

2.- VIOLENCIA BASADA EN GÉNERO:

Hace tiempo quedó superada la asociación entre violencia y pobreza, sin embargo socialmente este es un estereotipo (un juicio) que predomina al referirse a la situación violenta en general y, en particular, a la violencia contra las mujeres. Muy por el contrario –como ya hemos visto- si asumimos la comprensión de la relación entre hombre y mujeres como una construcción social que –simbólica y físicamente- otorga atributos diferenciados a uno y a otro facilitando el sostenimiento histórico de la idea sobre las mujeres como subalternas al hombre, se allana el camino para entender que existe una violencia cimentada en esta misma idea de subalternidad. La violencia contra las mujeres –y los hijos/as- “se encuentran en la discriminación de género, las normas sociales y los estereotipos de género que la perpetúan” (http://www.unwomen.org/es/what-we-do/ending-violence-against-women/prevention#sthash.FLsLm5Uk.dpuf).

De acuerdo con la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia Contra la Mujer, conocida como Convención de Belem do Pará, realizada en Brasil en 1994, la violencia contra la mujer debe entenderse como: “Cualquier acción o conducta, basada en su género, que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer, tanto en el ámbito público como en el privado” (Art. 1). En dicha Convención se destacó la importancia y responsabilidad de los Estados Miembros de la Organización de Estados Americanos de priorizar la atención de este problema entendiendo que se trata de una violación de derechos humanos y de las libertades fundamentales y, en consecuencia, se ratificó que toda mujer tiene derecho a vivir una vida libre de violencia.

 

Se dice rápido y se entiende como una necesidad obvia de ser atendida, pero la realidad nos indica que no ha sido tan rápida ni tan efectiva su atención y erradicación.

 

Una explicación a este retardo y a la presencia inalterable de la violencia basada en género se encuentra en la afirmación inicial según la cual entendemos que la violencia es una de las expresiones más dramáticas de la relación entre hombres y mujeres entendida como una relación de subalternidad de las mujeres y, por ende, de poder del hombre. Este es poder patriarcal “gobierno del padre” que rebasa el ámbito privado y se instituye en el modo como se entiende a la sociedad toda; “se origina en la familia, se reproduce a todo el orden social y es mantenida por el conjunto de instituciones…políticas y civiles”, todo ello explica situaciones tales como la maternidad forzada, la heterosexualidad obligatoria, el trabajo sexuado, la educación androcéntrica donde el hombre es el paradigma definitorio de lo humano. (Fascio, 2005)

 

La violencia basada en género constituye la máxima manifestación del control que pueden ejercer los hombres sobre las mujeres – niñas – adolescentes; entendiendo estos que ella no puede salirse del cumplimiento de su rol tradicional radicado en el ámbito doméstico – privado y que si ejerce otros no puede abandonar este dando paso a largas e intensas jornadas de trabajo. Por otra parte entienden ellos que ella le pertenece y debe seguir sus pautas de comportamiento. La realidad señala que es la pareja la principal fuente de esta violencia y tiene lugar en el ámbito doméstico principalmente.

 

En Venezuela está vigente desde 2007, la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia y en ella se define la violencia contra las mujeres como “todo acto sexista que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual, psicológico, emocional, laboral, económico o patrimonial; la coacción o la privación arbitraria de la libertad, así como la amenaza de ejecutar tales actos, tanto si se producen en el ámbito público como en el privado” (cap. III, art. 14,)

 

Adicionalmente define 19 formas de violencia tales como la violencia psicológica, acoso u hostigamiento, amenaza, física, doméstica, sexual, acceso carnal violento, prostitución forzada, laboral, patrimonial, obstétrica, e.o. La reforma de esta Ley, del año 2014, introduce por primera vez en la legislación venezolana la figura del femicidio como delito entendido como “forma extrema de violencia de género, causada por odio o desprecio a su condición de mujer, que degenera en su muerte, producidas tanto en el ámbito público como privado” y la inducción al suicidio como forma extrema de la violencia psicológica.

 

Como bien los señala Magally Huggins “Desde la perspectiva individual se ha podido identificar que la violencia dentro del hogar tiene como principal resultado la devastación de la subjetividad de las personas que la sufren o que viven en estas familias, cuya dinámica gira alrededor de sucesivos eventos de violencia doméstica. Esta constatación ha permitido identificar el Síndrome de la Mujer Maltratada, que se produce como consecuencia de la violencia del hombre contra su compañera de vida”. Este marco de tradiciones nefastas para las mujeres nos evidencia un complejo entramado de sentimientos, condicionamientos e infelicidades que caracterizan la situación de violencia convirtiendo la vida de las víctimas en un infierno cotidiano que las aísla y les impide la interacción con el contexto y con las redes de protección que pueden ser la familia, los amigos y la comunidad.

 

Tanto en el ámbito público (las instituciones) como privado (la casa, el espacio íntimo) se manifiesta y se “cuece” la violencia. Los significados atribuidos a hombres y mujeres se ponen de manifiesto dando en resultado que las mujeres y sus necesidades se pueden postergar o se conciben como exageradas, irreales.

 

¿Hay maneras de salir de este entramado irregular de violación de derechos?

 

3.- AUTONOMÍA Y EMPODERAMIENTO DE LAS MUJERES:

La autonomía se refiere a la posibilidad de darse reglas a sí mismo/a o tomar decisiones sin intervención externa por lo que una condición para poder ser autónomo/a es el acceso a libertad de ejercer una especie de autogobierno sobre sí mismo/a. Yo actúo con base a reglas propias o elijo seguir aquellas que me satisfacen según un marco de valores sería la afirmación de autonomía.

El empoderamiento, por su parte, da cuenta de una palabra importante. La palabra poder, de modo que se vincula a la idea de tomar el poder para sí a través de la oportunidad de contar con bienes materiales y recursos intelectuales. Es así que el acceso al agua, al bosque, a la tierra, al cuerpo, al trabajo, al dinero, al conocimiento, a la información, a las ideas, a crear valores, creencias, así como la posibilidad de interactuar con el contexto en condiciones de igualdad para ser parte de la toma de decisiones sería la expresión de tener poder (Batliwala, 1998). Para las mujeres sería el desafío de contrariar las relaciones existentes y ejercer el derecho de ser tratadas como iguales.

Desafiar el contexto y tener mayor control sobre las fuentes de poder (económico, político, social) es lo que se conoce como empoderamiento. Se trata de “una amplia gama de actividades que van desde la autoafirmación individual hasta la resistencia colectiva…reconocer las fuerzas que oprimen…y actuar para cambiar las fuerzas que marginan a las mujeres” (Sharma en Batliwala, 1998).

Se ha trabajado y se ha abusado del término empoderamiento; al respecto es necesario decir que asumimos el planteamiento de Magdalena León, según el cual empoderamiento es capacidad de cambio social, es el desafío de transformar las relaciones de poder en la relación hombre – mujer.

La autonomía y el empoderamiento de las mujeres puede ser un largo camino pero constituyen un proceso que puede marcar una diferencia sustancial en el sentido de coadyuvar a la consecución de reglas propias y de poder para que las mujeres tomen conciencia de su potencial, de su aporte al conjunto de la sociedad y de la necesidad de cambiar las formas opresivas del binomio hombre-mujer, un proceso “por medio del cual las mujeres incrementan su capacidad de configurar sus propias vidas y su entorno, una evolución en la concientización de las mujeres sobre sí mismas, en su estatus y en su eficacia en las interacciones sociales” (Shuler,   en: http://eoepsabi.educa.aragon.es/descargas/H_Recursos/h_1_Psicol_Educacion/h_1.2.Aspectos_sociales/2.4.Empoderamiento_y_liderazgo.pdf

Según esta misma autora empoderar a las mujeres les da:

1.- Sentido de seguridad y visión de futuro.

2.- Capacidad de ganarse la vida.

3.- Capacidad de actuar eficazmente en la esfera pública.

4.- Mayor poder de tomar decisiones en el hogar.

5.- Participación en grupos no familiares y uso de grupos de solidaridad como recurso de información y apoyo.

6.- Movilidad y visibilidad en la comunidad

La mujer empoderada puede alcanzar conocimiento de sí misma, conocer sus límites y sus potencialidades, romper sus barreras, vencer sus miedos y construir un proyecto de vida viviendo su feminidad sin mitos, creencias o anti valores sobre su condición de mujer y aportar en los procesos de organización y participación que promuevan el cambio de las estructuras de dominación sobre las mujeres. Puede atreverse a vivir de otro modo, a vivir sin violencia pública o privada.

4.- Autonomía Económica: un paso necesario –no exclusivo- para alcanzar una mayor protección frente a la violencia basada en género.

La Organización de Naciones Unidas plantea que la autonomía económica se entiende como “la capacidad de las mujeres de generar ingresos y recursos propios a partir del acceso al trabajo remunerado en igualdad de condiciones que los hombres” (http://www.unwomen.org/es/what-we-do/ending-violence-against-women/prevention)

El largo camino de la autonomía y el empoderamiento puede dar en resultado condiciones de vida diferentes y de mayor bienestar para las mujeres. Más recientemente se le ha otorgado mayor importancia al tema del empoderamiento económico o autonomía económica.

 

Al respecto, Magdalena León señala este llamado de atención estableciendo una relación entre empoderamiento y autonomía económica “bajo el entendido que el empoderamiento económico no es el único camino hacia el empoderamiento, ni en todos los casos es el más importante, se le ve como crucial para el bienestar de las mujeres, en cuanto apunta a su capacidad de elegir entre distintas alternativas, tomar decisiones y determinar o influir los resultados personales y familiares. C. D. Deere (2013) lo define como proceso mediante el cual la mujer ejerce e influye sobre los resultados según sus preferencias, y por este medio lograr su autonomía económica. Esta se refiere específicamente al control de la mujer de recursos materiales”.

 

Cuando las personas no disponen de ingresos propios carecen de autonomía económica, señala Naciones Unidas. Junto a ello se acrecienta su vulnerabilidad. Por ende, en la medida en que las mujeres detentan y aumentan sus ingresos propios adquieren mayor autonomía económica y se empoderan, puesto que se igualan en condiciones con los hombres. La autonomía económica permite a las mujeres dejar de depender de sus maridos, parejas o ex parejas para poder sobrevivir.

(http://www.unwomen.org/es/what-we-do/ending-violence-against-women/prevention)

 

En este sentido la sensibilización sobre los temas de género y la toma de conciencia de parte de las mujeres sobre la relación de subalternidad de la que es objeto es un paso inicial para plantearse otros retos hacia la transformación de esa condición.

 

Este proceso exige –además- la formación de competencias para que desarrolle “la habilidad para lograr ingresos propios y decidir cómo se usan, adquirir activos en su propio nombre y usar y disponer de ellos. El empoderamiento económico, según Deere, es más amplio y además incluye la habilidad para negociar cómo otros miembros del hogar generan ingresos y su contribución a la “olla común” o ingreso conjunto, y cómo se usa este ingreso. Incluye la posibilidad de participar en las decisiones del hogar sobre la adquisición de activos con el ingreso conjunto y sobre la disposición de los activos adquiridos”. (León, 2013).

De tal forma que incidir en el destino de las mujeres pasa –para los agentes de promoción y cambio- por la generación de iniciativas que favorezcan la generación de ingresos y microcrédito sin perder de vista el tema de los activos y el uso de los patrimonios familiares. El control de las mujeres sobre tales recursos acrecienta su poder de negociación al interior del hogar -plantea la misma autora- independientemente que genere ingresos o no.

 

Del mismo modo León sostiene que en el poder de negociación dentro del hogar “la posición de resguardo o retirada es crucial. Esto es la posibilidad de que la mujer se desenvuelva y sobreviva fuera del hogar, o sea, la seguridad de su situación económica, si se da una ruptura de la relación”. León cita a Agarwal, al afirmar que “los elementos de la posición de resguardo son la propiedad y control de activos, el acceso al trabajo y otras fuentes de ingresos, y la posibilidad de acceso a recursos (económicos, sociales y emocionales) de la familia extensa, la comunidad, el Estado, las ONG y las organizaciones político-sociales”.

 

Que las mujeres obtengan, desarrollen esta posición de resguardo sería una posibilidad concreta de construir alternativas a la violencia porque tendrá mayor fuerza emocional y económica para sobrevivir fuera del hogar, para encontrar un sentido propio a su vida y para encarar la existencia fuera de los prejuicios de género.

(https://mujeresforjadorasdedesarrollo.files.wordpress.com/2013/11/m-lec3b3n-versic3b3n-final-nov-10-2013.pdf)

BIBLIOGRAFÍA:

  1. Facio, Alda (1995) Cuando el Género Suena, Cambios Trae. (Metodología para el análisis de género del fenómeno legal). Reimpresión. Caracas-Mérida: Gaia, Centro de Mujeres, Caracas. Mediateca de las Mujeres, ULA.
  2. Huggins, Magally (2005) Género, Políticas Públicas y Promoción de la Calidad de Vida. Instituto Latinoamericano de Investigaciones Sociales (Ildis). Caracas, Venezuela..
  3. Gaceta de la República Bolivariana de Venezuela (2007) Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia. Venezuela.
  4. Batliwala, Srilatha (1998) El Significado del empoderamiento de las Mujeres: nuevos conceptos desde la acción, en Magdalena León (comp) Poder y Empoderamiento de las Mujeres. TM Editores. Santa Fe de Bogotá. Colombia
  5. Shuler, Margaret en Blog de Marrachina Maria. http://www.movimientosdegenero.com/articulos/que-es-elempoderamiento
  6. Shuler, Margaret (1997) Los Derechos de las Mujeres son Derechos humanos: La agenda internacional del empoderamiento, en Magdalena León (comp) Poder y Empoderamiento de las Mujeres. TM Editores. Santa Fe de Bogotá. Colombia.
  7. Naciones Unidas ONU Mujeres (http://www.unwomen.org/es/what-we-do/ending-violence-against-women/prevention)

 

  1. León, Magdalena (2013) Empoderamiento de las Mujeres (PDF)
Poder y empoderamiento de las mujeres

 

 

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