Noticias

Manuel Gómez Naranjo: La Pobreza no es tan buena

Manuel Gómez
Manuel Gómez

Febrero 2016

La relación de los venezolanos con la riqueza siempre ha sido un poco ambigua porque se tiene, por un lado, una aspiración a tener una buena vida, mientras que por el otro, se exalta las “virtudes” de la pobreza por encima de la supuesta inmoralidad de los que tienen bienes de fortuna. La gente del pueblo ante la pregunta ¿Quiénes van primero al cielo?, es común que responda: “los pobres”; asumiendo que los pobres son más virtuosos que los ricos.

Esta ambivalencia, que tiene implicaciones teológicas, es muy antigua. De alguna manera, ese debate(entre otras razones) fue lo que condujo al cisma de la iglesia católica por allá por 1520 cuando Marín Lutero reaccionó contra la mercantilización del Paraíso a través de las bulas papales. Umberto Eco reseña que trescientos años antes se discutía sobre si Cristo tenía propiedades ya que los franciscanos mendicantes reclamaban a la Jerarquía católica la ostentación y la riqueza de la que hacían gala el Papa y sus Cardenales. Con fina ironía Eco señala que el Papa de entonces, para desmentir a los monjes mendicantes, mandó a construir unas imágenes en las que Cristo tenía una mano clavada en la cruz y con la otra mano protegía una bolsa que tenía colgada en la cintura. El mensaje era: Cristo tenía propiedades.

En Venezuela el tema de la superioridad moral de la pobreza se ha instalado desde hace 17 años con la llegada del Socialismo del Siglo XXI, modelo que propugna que ser rico es malo y que la gente tiene que contentarse con una vida miserable. Esta aspiración se ha hecho realidad en los últimos años debido a que en 1998 (Antes de la llegada del Socialismo) la pobreza general del país era de 45 % (18,7 de pobreza extrema y 26,3 de pobreza), en tanto que el 2015 la pobreza general llegó a 73,5 % (49,9 de pobreza extrema y 23,6 de pobreza) según los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida realizadas en 2015 por universidades nacionales: UCV, USB, UCAB. Este proceso de disminución masivo de los ingresos de la población ha estado acompañado por un deterioro general de las condiciones de vida: precariedad de los sistemas de salud y educación, limitado acceso a los alimentos, a las medicinas y a bienes de todo tipo, y una inseguridad desatada que coloca al país como uno de los más violentos del mundo (82 homicidios por cada 100 mil habitantes)

Ahora bien, la pobreza de las condiciones materiales de los venezolanos (ahora todos somos más pobres) tiene un correlato en el empobrecimiento espiritual de la población; pareciera que nos acostumbráramos a la decadencia que embarga a la sociedad, a este vivir desvencijado y precario según el cual conseguir un kilo de café y un tubo de pasta dental puede llegar a ser un motivo de felicidad. Ya lo decía Amartya Sen: “La gente desesperadamente pobre puede carecer del coraje para desear cualquier cambio radical y típicamente tiende a ajustar sus deseos y expectativas a lo poco que ve como factible. Se entrenan para disfrutar de las pequeñas misericordias. (…) Los pobres tienden a reducir su aflicción sin eliminar –o incluso sin disminuir de manera substancial- las carencias reales que caracterizan sus empobrecidas vidas” (La Idea de la Justicia)

Otra arista de ese correlato es el envilecimiento moral de ciertos sectores de la población que apuntan sus espadas hacia la vulneración de las más elementales normas de convivencia ciudadana. Es en estos ambientes envilecidos donde florece el Lumpen Picaresco que intenta sacar ventaja trepando las escarpadas estructuras del poder del Estado para participar del botín de los bienes públicos. La consigna es: “salvase quien pueda y el último que apague la luz y que cierre la puerta”.

Hay algunas certidumbres en la vida y una de ellas es que en ninguna época la pobreza es deseable. La pobreza no es buena para los pobres porque se convierte en un circulo de miseria que limita sus posibilidades de desarrollo, no es buena para el Estado porque intensifica la demanda de ayuda de todo tipo, no es buena para el mercado porque reduce la capacidad de consumo de la población y no es buena para los ricos porque estimula el resentimiento e incrementa la inseguridad contra los bienes y las personas. La pobreza no nos permite tener una buena vida, no nos hace mejores ciudadanos, no nos hace más felices y, sobre todo, no abre con más celeridad y certeza las puertas del Paraíso.