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Armando Janssens : Una Trilogía Orientadora

armandouvmDiscurso pronunciado por Armando Jannssens en el acto de conferimiento del Doctorado Honoris Causa en Ciencias Políticas y Administrativas por parte de la Universidad Valle del Momboy, el pasado 17 de abril de 2015

Cuando hace más de cincuenta años asistí al Curso Introductorio de Liderazgo Juvenil del Movimiento Scout en mi ciudad natal de Amberes, en el norte de Bélgica, aprendí de manera sencilla, pero definitiva, algunos elementos básicos, que a lo largo de los años de mi vida me orientaron en la delicada pero atrayente tarea de construir un liderazgo social.

Era y es, una trilogía aparentemente sencilla pero de un poder extraordinario lo que en aquel entonces me enseñaron: “Hacer, Hacer con, Hacer – Hacer”. Cuatro veces se repite la misma palabra: “Hacer”, sin duda una palabra de acción, de movimiento, de decisión, de esfuerzo, de meta a alcanzar, de objetivo a definir. Una palabra – “Hacer” – no tan común en nuestra cultura, sino más bien donde lo declarativo está en boga. Esto sigue siendo la forma de hacernos presente socialmente, donde la declaración, el discurso, lo formal- jurídico, lo teórico-abstracto, para no decir lo especulativo, es lo que nos distingue y define. Con frecuencia nos quedamos en el pasado y no nos quedamos pendientes del futuro. Demasiadas veces tapa nuestra relativas incapacidades de hacer, realizar, construir y realmente avanzar sin marcadas referencias a “este animalito” – este virus – que nos acompaña y que es el petróleo el cual nos ha dado abundantes recursos, sin muchos esfuerzos y con resultados relativos. Y de repente cuando los precios caen, ya no sabemos cómo “Hacer” para sobrevivir con cierta dignidad. Frente la pobreza creciente no hay palabras que alivien, ni discursos que solucionen.

De todo esto, y mucho más, se trata el “Hacer” de una persona que se pone en marcha con la idea de cambiar en algo este mundo, por limitado que pudiera parecer. Él invita para la actividad, él elabora la carta explicativa, él la reparte entre las amistades más cercanas y él la explica, él prepara el día y el lugar, él organiza la actividad y él busca las sillas, él recibe la gente con cordialidad, él da las palabras de bienvenida y también de clausura, él agradece a la gente que asistió y los pocos que ayudaron en algún momento, él hace el informe y él espera la reacciones posteriores, que sin duda serán lentas, inseguras y contradictorias. Seguro que entre los fundadores de la Universidad Valle de Momboy, o de tantas otras iniciativas sociales que nacieron en esta bella tierra de Trujillo, muchos se reconocen y hasta sonríen, no por la ingenuidad que pudiera parecer, sino por esta hermosa sensación de hacer cosas y salir del anonimato para iniciar este camino del compromiso social que sin duda quema en muchas ocasiones pero que, al mismo tiempo, es el acumulador de energías renovables y por eso sostenibles, en este apasionado mundo donde vivimos. El hacer individual es sin duda la gimnasia fundamental de mi desarrollo social. Me enseñó mucho y me enseña mis límites, al igual que mis capacidades, y sigue siendo la fuente de las demás etapas posteriores, Pero como todos la pueden imaginar, es una etapa que debe ser superada y complementada en el “Hacer Con”.

El segundo paso es evidentemente de mayor alcance y complejidad: “Hacer Con”. No me muevo yo solo, sino invito a otros para formar parte de la iniciativa, colaborar con mi propuesta, tomar responsabilidades sencillas que puedo seguir coordinando con mayor facilidad. Les convenzo de la validez de la iniciativa y con ellos planifico los detalles de la actividad a realizar. Repartimos las responsabilidades y hasta evaluamos juntos los recursos que utilizamos para luego definir el paso siguiente e intento formar un Equipo que comulgue y se identifique con mis ideas, mis fantasías, mis experiencias. Sí, ya se pueden dar cuenta: se trata de un líder con su equipo que se convierte, en sus propias palabras, en “mi” equipo. Al fin y al cabo el deseo consiente o no, es el de tener un equipo de colaboradores para realizar lo que siempre hemos soñado.

No se debe subestimar el valor de este esfuerzo que se realiza. Para muchos será un aprendizaje de buen nivel y les dará tiempo para madurar en eso de hacerse trabajador social. Los que ya tienen más tiempo en este camino de trabajar en dependencia de otros, sin mayor capacidad de ser reconocidos, se cansan paulatinamente. No se sienten más con el mismo entusiasmo de antes y comienzan a ver las debilidades de lo emprendido.

En realidad, hay una gran diferencia entre “trabajar con equipo” y “trabajar en equipo”. Esto último es una diferencia cualitativa que nos deja entrar en dinámicas muy superiores y nos conduce a la creación colectiva de todo el equipo y sus integrantes. Es la fuente inagotable donde todos aportan ideas, construyen, ejecutan tareas diversas, evalúan en sana crítica, y definen los pasos siguientes. Con los necesarios matices inherentes a esta dinámica, no todos pueden estar en todo; es la base de cualquier iniciativa. El arte radica en mantener la coherencia interna del equipo alrededor de sus objetivos y metas, y lograr una salud mental adulta que permita su funcionamiento armónico. Todos los que trabajamos en esto, debemos tener experiencias variadas y algunas veces no tan exitosas.

Al fin y al cabo es de allí de donde nace la capacidad de “Hacer – Hacer” como la tercera etapa de este camino emprendido. Ya en esta etapa surgen las dinámicas grupales, en gran parte influenciadas por el encuentro de caracteres y personalidades. Con gran frecuencia hemos observado que el esfuerzo de buscar consensos y acuerdos entre una gran variedad de personas de un equipo, absorbe tiempo, mucha energía y bastantes roces que agotan. Debemos revisar con frecuencia si el tiempo dedicado a la creación de un equipo eficaz, hasta algunas veces no es mayor que el tiempo dedicado a la consecución del objetivo planteado.

En este “Hacer-Hacer” está la culminación de este proceso personal que pide un sano desprendimiento y una capacidad de acompañamiento, gozoso y satisfactorio.
Me recuerdo todavía una conversación con el Padre José María Vélaz, fundador de Fe y Alegría, institución que hoy en día celebra sus setenta años de intenso trabajo educativo, en las bellas instalaciones en El Valle de Mérida, donde descansando a su elevada edad me expresaba su felicidad por ver cómo esta iniciativa que nació en un barrio de Catia, en Caracas, seguía su camino, y me aseguraba: “Está en buenos manos, no depende más de mí, a pesar que sigo soñando permanentemente con él”. Y al mismo tiempo dibujaba los talleres de una nueva escuela para fabricar instrumentos musicales.

Igual me puedo imaginar que aquí, en nuestra Universidad Valle de Momboy, pasa algo similar cuando su fundador y primer rector, junto con su equipo observan, después de tantos años, los logros obtenidos: Una universidad moderna, anclada en las comunidades, con un nivel académico reconocido, con una permanente capacidad de adecuación a las circunstancias y con un espíritu emprendedor que apunta sobre una riqueza que luego profundizaremos.

Igualmente puedo hablar de mi propia vivencia en el Grupo Social CESAP, que ya tiene más de cuarenta años de trabajo en la Acción Popular, y que sigue creciendo en épocas muy complejas, en una gran variedad de programas; en SINERGIA que hace 15 años comenzó con un equipo de excelentes responsables de una docena de organizaciones sociales; en BANGENTE, el banco de la gente emprendedora, integrado por un banco comercial y, en su origen, por tres organizaciones sociales, que en estos quince años ha otorgado más de 500.000 créditos a sectores populares; en PROADOPCION que, con gran sencillez y eficacia está dando un giro en el manejo de este delicado asunto. Todo este esfuerzo con equipos humanos de nivel comprometido y por qué no decir, militantes, en el sentido humano, democrático.

Reconozco que este “Hacer-Hacer” se instaló en mi vida gracias a la riqueza humana que se formó en cada uno de estas iniciativas. Igualmente debo reconocer que me produce – a pesar de las normales y múltiples limitaciones y equivocaciones – una profunda felicidad y gratitud para con todos aquellos que se convirtieron en hacedores de este camino común, gracias a Dios.

Un Segundo Momento: Capital Espiritual.

Permítanme hacer referencia a este término de Capital Espiritual, el cual me parece fundamental dentro del contexto que vivimos hoy en día. El quehacer social, productivo y educativo, está marcado por un materialismo y un cientificismo ajenos a los sentires más profundos de la gente, produciendo entre las grandes mayorías insatisfacción. Los empuja a crear islas aisladas y protegidas, en lugar de un ambiente de gran convivencia y de diálogo permanente y sin darse cuenta conlleva a un proceso múltiple de exclusión y encierro.

Asociamos casi siempre a la palabra “capital” con el tema de lo económico y financiero: Capital Financiero. Sin entrar en la discusión sobre el uso de esta palabra, la idea desde hace largos años se ha ampliado, llegándose a hablar de Capital Humano, Capital Relacional y Capital Social. Esta variedad apunta sobre un concepto más amplio del actuar productivo de la humanidad y trata de integrar los distintos enfoques en una coherencia mayor.
En los últimos tiempos se ha ido desarrollando en muchas escuelas de pensamiento creativo, el concepto de Capital Espiritual, el cual pretende ser la coronación de este camino de búsqueda para dar y encontrar un sentido superior a todo el esfuerzo que, en tantos campos, la humanidad realiza para crear un mundo más equilibrado y justo.

Llama la atención que en los países donde la secularización se ha impuesto en la sociedad, como pasa en la mayor parte de Europa, la idea de Capital Espiritual más bien ha crecido entre los ciudadanos. Con esto se pone en evidencia que Capital Espiritual no coincide, de antemano, con el Capital Religioso, relacionado a una Iglesia en especial. Eso no excluye que en nuestro continente la influencia del cristianismo y de su enseñanza, sí va a estar ligado al Capital Espiritual.
Así, podemos resumir que Capital Espiritual es la búsqueda por dar un sentido mayor a la vida y a nuestra acción, y a la incorporación de los valores transcendentales que nos son propios, como la belleza, la búsqueda de la justicia y el amor universal, ligado al respeto de la naturaleza y a Dios.
Si eso es, ante todo, un esfuerzo personal que ya muchos de nosotros hacemos desde ángulos variados de nuestra vida, igualmente lo necesitamos a nivel institucional y organizacional. Así, podemos definir el Capital Espiritual de una empresa de cualquier orden, en su capacidad de la creación de un sentido profundo en “cuerpo y alma” de su misión, de sus actividades y de sus relaciones. Este abarca toda nuestra vida y nos hace levantar los lunes con ganas, para seguir viviendo con intensidad nuestras responsabilidades y estar con la familia los fines de semana en convivencia y entrega.

Hoy en día, nuestro país está pasando por situaciones de altos niveles de conflictividad y que han creado profundas heridas en nuestras comunidades e instituciones. Además observamos una pobreza creciente que nunca nos habíamos imaginado, con una clara pérdida de valores y un debilitamiento institucional y de convivencia que se expresa en un tsunami de violencia. Frente a esta realidad, necesitamos nuevas actitudes y dinámicas que nos abran horizontes de una esperanza realista. Que, además, conformen la construcción de este capital Espiritual a nivel personal como institucional. Haciendo un resumen de lo que dicen los estudiosos de este tema, junto a mi propia experiencia, llegamos a algunos puntos fundamentales:
• Conciencia permanentemente aclarada en lo que valorizas y anhelas.
• Capacidad de reaccionar con espontaneidad.
• Saber vivir con empatía y reconocer la diversidad de gente, culturas, situaciones y tendencias
• Tener opinión autónoma que se cambia por decisión propia.
• Vivir las adversidades como retos que nos enseñan a reconocer fallas, debilidades, pero especialmente nuevas posibilidades.
• Humildad como participante en este gran mundo que nos rodea con sus contradicciones.
• Conciencia de nuestra vocación como cruz y resurrección.
• Vivir que somos Co-creadores de la obra que Dios comenzó, pero que al séptimo día El descansó, y a nosotros nos toca ahora: Hacer, Hacer con, Hacer-Hacer.

El Capital Espiritual, como podemos observar, se desarrolla dentro de lo íntimo de cada persona, donde la voluntad y el deseo de transcender se unen en una mayor armonía. Y éste se desarrolla igualmente en nuestros equipos e instituciones en la medida que los responsables mayores lo viven y reflejan, y juntos con los demás lo expresan y celebran en diversas ocasiones, lo que permea paulatinamente los demás integrantes de la institución.