Recalculando, por Luis Francisco Cabezas G.

Se va 2020 y muchos terminamos el año haciendo arqueo de las personas allegadas que fallecieron, de las que se marcharon y de las que, sencillamente, no sabemos nada. Definitivamente, es la construcción de un parte de guerra personalísimo, pero también global.

Nunca un año nos había expuesto a tan altos niveles de incertidumbre y desprotección, las certezas desaparecieron, las preguntas dejaron de tener respuestas, e incluso, no sabíamos qué preguntas hacernos.

La pandemia de Covid-19, nuestra emergencia humanitaria previa, el desmantelamiento institucional seguido del abandono del mandato de protección por parte del Estado, replegaron al grueso de la población a procurarse su propia seguridad, su propio mecanismo de suministro de agua potable, en fin, su sobrevivencia.

Todo 2020 fue una tormenta perfecta, que además vino acompañada por el abandono de la política como mecanismo a través del cual actores antagónicos construyen consensos, generan condiciones y trazan estrategias por el bien común.

La política dejó de tener sentido práctico para la vida de las personas y no precisamente por una movida antipolítica, sino más bien por la propia responsabilidad de los actores políticos. Tanto sectores opositores como oficialistas, sacaron a la gente y sus necesidades del centro de su acción política.

La puja por el poder como fin marcó todo el acontecido año 2020.

Esta situación de desdibujamiento de los actores políticos ha dejado a la sociedad sin referentes de liderazgos, una enorme apatía y un gran vacío de confianza, no solo hacia la clase política en general sino hacia buena parte de instituciones que otrora terminaban capitalizando la fe de los ciudadanos, tal es el caso de la Academia, la Iglesia, el estamento militar e, incluso, el sector empresarial. Definitivamente, la gente solo confía en sí misma.

Vemos a un sector al que lo mueve la sola necesidad de mantener el poder a como dé lugar y, en el otro lado, hay un sector centrado en desbancar al otro del poder a como dé lugar. Una puja desgastante entre fuerzas, pero que además han demostrado no tener ninguna la capacidad definitiva de anularse la una a la otra, como dirían en una partida de dominó: el juego está trancado.

A esto debemos sumarle el hecho de que se ha construido una narrativa basada en el “todo o nada”, donde parecieran no existir la posibilidad de una transición política con el otro. Nada más alejado de lo que ha documentado la historiografía política en materia de transiciones políticas.

Pensar de esa manera supone un ejercicio arrogante y supremacista de la política, que parte del principio del aniquilamiento del otro, sin valorar el menudo detalle que ese otro es quien detenta fácticamente el poder, sin entrar en valoraciones acerca de su legitimidad.

El venidero año nos pone ante un gran desafío, la emergencia humanitaria continuará, incluso se acentuará; el Covid-19 sigue allí a pesar de la falsa sensación de control, en el tema político corresponden las elecciones de gobernadores y alcaldes, las cuales supondrán una ventana de oportunidad para que las fuerzas políticas se recompongan y desde ya breguen por condiciones competitivas, desde un ejercicio de la política real, en su más aseada concepción.

La comunidad internacional está cada vez más convencida de que la salida a nuestra crisis política no tiene otra fórmula que no sea por la vía de la negociación política, para ello hay que preparar el terreno, mapear a los actores, sus intereses; pero, sobre todo, debes guardar en una bóveda la idea del “todo o nada”. Este será un proceso lento de avances y retrocesos, donde es necesario balancear las fuerzas y mostrar las pequeñas victorias cuando estas ocurran y perderle el respeto a la opinión pública, en especial a las redes sociales.

En este escenario, la sociedad civil tiene un rol fundamental de reconstitución del tejido social, más allá de lo humanitario. Hay que volver a los cimientos, es decir, a generar espacios de encuentro, de reconciliación, de construcción de agendas compartidas entre los diversos que permitan avanzar en un proceso de despolarización política. Pero también tiene otra labor, hacer saber y dejar claro a la clase política que no apoyaremos decisiones inconsultas o agendas personalísimas de actores que ni siquiera viven en el país y, mucho menos, llamados insurreccionales o intervención de fuerzas extranjeras.

La sociedad civil, si bien no debe cabalgar a los actores políticos, no es menos cierto que tampoco debe dejarse arrastrar por la inercia de estos. Debe el venidero año estar dispuesta a recorrer su propio camino, basado en sus convicciones, sin poses y con un pragmatismo que la lleve, incluso, a dar pasos importantes en la recuperación de espacios, pero no desde la visión que ve al poder como fin, sino como un medio para alcanzar un imaginario de país democrático, inclusivo y productivo.

Luis Francisco Cabezas G. es Politólogo. Máster en Acción Política, especialista en Programas Sociales. Director general y miembro fundador de Convite A.C

Share
Share
Aumentar/Disminuir Fuente